Habilidades Directivas by David Quesada

Habilidades Directivas, ¿por qué no funcionan siempre?

En este artículo voy a ser un poco crítico con las habilidades directivas y sobretodo con la manera de aprenderlas para que sean realmente eficaces.

Vaya por delante que soy un fiel defensor de las habilidades directivas no solo para los responsables de gestionar equipos, sino también para cualquier persona que quiera:

  • Integrarse con éxito en un equipo.
  • Entender de qué va esto del liderazgo.
  • Prepararse de paso para dar el salto hacia un mejor trabajo en cualquier momento.

Pero, ¿qué ocurre que muchas de las herramientas que aprendemos nos cuesta ponerlas en práctica o si decidimos hacerlo nos funcionan solo durante un tiempo? Métodos, técnicas y dinámicas desarrolladas meticulosamente sobre comunicación asertiva, toma de decisiones, resolución de conflictos, herramientas para la motivación… Se me ocurren por lo pronto más de una veintena que utilizo habitualmente con directivos y equipos.

Cuando las explicas, la mayoría te dicen: ¡eso es lo que necesito! Entonces, ¿Por qué no funcionan siempre? Hay dos factores clave que lo explican:

El factor Tiempo:

Todo nuevo aprendizaje para dirigir personas tiene también implícito su tiempo de aprendizaje y asimilación para ponerlo en práctica. Eso implica que al principio quizás tengamos que dedicar un poco más de tiempo hasta que dominemos la técnica y la integremos de manera automática. El dichoso tiempo y el día a día nos absorbe de tal manera que acabamos cayendo en la vieja forma de hacer las cosas.

Siempre vamos a velocidad de crucero y podemos acabar por meter el aprendizaje en el baúl de los recuerdos, en las galeras del barco.

¡Otra oportunidad perdida!

El factor Ego:

Dirigir personas no es tarea sencilla porque cada uno es hijo de su madre y de su padre. Entender y conjugar eso a veces nos lleva a la desesperación.

El ego busca cualquier grieta por pequeña que sea para salir a la superficie y tomar el control o tratarnos de inútiles por no haber satisfecho sus necesidades. Cuando decimos a otros o a nosotros mismos frases como estas, nuestro ego está al mando… ¡peligro!:

“Hazlo como te digo, no tengo tiempo de darte explicaciones”

“Merezco más de lo que me valoran”

“La he cagado otra vez. Soy un inútil”

“Tendré que acabar haciendo yo su trabajo como siempre porque pierdo más tiempo explicándoselo otra vez. No se entera”

Nuestro liderazgo y capacidad de motivación pierden eficacia cuando el ego está al timón de nuestro yate mental. ¡La eficacia está a la deriva!

Si trabajo con personas en las que no confío o con las que no empatizo, tiendo a no ser asertivo con ellas, a no delegarles tareas y sobrecargar a otros con ellas o a mí mismo, a no ayudarles ni formarles para que hagan mejor su trabajo… En definitiva, les cuelgo la etiqueta de “incompetentes” y les cargo a ellas con la responsabilidad de la solución.

Ahora recuerdo esta frase que tiene mucho sentido:

No hay personas incompetentes, sino personas válidas en los puestos equivocados (F. Trías de Bes) Clic para tuitear

La pregunta por la que debo hacer siempre es: ¿Qué puedo hacer yo para mejorar la situación? Tengo que ahondar en lo que está en mis manos, lo contrario me convierte en una marioneta con la que juegan los demás a su antojo.

Soy yo quien cargo con el sufrimiento mental. Ellos viven tranquilos en su supuesta incompetencia. El que lo pasa mal soy yo poniéndoles esa etiqueta y abandonándome a su suerte. Si soy directivo y se trata de alguien de mi equipo, tango que aceptarlo, lo cual no significa que me tenga que resignar a ello, ¡no! Debo tomar cartas en el asunto, pero primero empezando por mí, por validar si hay algo en mí que me enfrenta a esa persona y no me permite establecer una relación profesional eficaz con ella.

Esto es la madre del cordero, el principio del inicio, que se engloba dentro de lo que conocemos como autoconocimiento e inteligencia emocional. Yo le doy una vuelta de tuerca más y como si de un Pokemon se tratara, lo hago evolucionar hasta el siguiente nivel con el concepto que lo explica todo: la Inteligencia Bipolar.

 

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